Si cada hora viene con su muerte
si el tiempo es una cueva de ladrones
los aires ya no son los buenos aires
la vida es nada más que un blanco móvil
usted preguntará por qué cantamos
si nuestros bravos quedan sin abrazo
la patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos
antes aún que explote la vergüenza
usted preguntará por qué cantamos
si estamos lejos como un horizonte
si allá quedaron árboles y cielo
si cada noche es siempre alguna ausencia
y cada despertar un desencuentro
usted preguntará por qué cantamos
cantamos porque el río está sonando
y cuando suena el río / suena el río
cantamos porque el cruel no tiene nombre
y en cambio tiene nombre su destino
cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes
y nuestros muertos quieren que cantemos
cantamos porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque venceremos la derrota
cantamos porque el sol nos reconoce
y porque el campo huele a primavera
y porque en este tallo en aquel fruto
cada pregunta tiene su respuesta
cantamos porque llueve sobre el surco
y somos militantes de la vida
y porque no podemos ni queremos
dejar que la canción se haga ceniza.
Mario Benedetti.
martes, septiembre 25, 2007
miércoles, septiembre 19, 2007
07.47
A veces me gusta tener pesadillas, de esas en las que te despiertas casi de un salto, con el pecho apretado, los ojos llorosos, sin saber dónde estás, de esas que cuando te despiertas sabes que es una pesadilla, pero te queda la sensación de que algo de eso pasará, que no puede ser todo tan bueno y que sea una pesadilla nada más.
La última pesadilla que tuve, la tuve la noche recién pasada, me perseguía un tío que murió hace un tiempo, me perseguía con una escopeta para matarme. Pero esa no fue la más fea, no sé cuál habrá sido la pesadilla más fea que he tenido, pero la que más recuerdo hasta ahora es la que soñé la noche antepasada (sí, estas dos últimas noches he tenido pesadillas), esta si fue extraña, no tanto por la pesadilla, sino por la sensación que vino después. Él me patiaba horriblemente: "Disculpa, pero me comí a una mina en un carrete al que fui ayer... me voy a quedar con ella, es modelo, mira, sale en esta revista...". Yo lloraba como he llorado pocas veces en la vida real y no sólo porque él terminaba conmigo, sino porque lo hacía de forma maricona, él arrancaba mucho antes de patiarme, incluso se cambiaba de casa sin avisarme y yo debía buscarlo por cielo, mar y tierra y más encima, cuando logré encontrarlo me patiaba. Yo creo que nunca había tenido los ojos secos de tanto llorar en un sueño, ni esa sensación de angustia en el pecho y la garganta, las manos tan apretadas, ni la cabeza me había bombeado tanto.
Lo verdaderamente horrible fue que cuando desperté sentí que no había sido un sueño, sino un recuerdo, uno como sacado de Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos, como si hubiese descubierto un secreto, algo que ya había pasado y sólo yo no podía recordarlo.
Desperté. 07.47 de la mañana. Me puse a llorar, un poco, no quería llorar. Me froté el pecho y decidí darme vuelta, seguía un poco dormida, lo suficiente como para no darme cuenta de que él dormía a mi lado. Por eso me gusta tener pesadillas, porque no hay peor sensación que despertar agitado y con miedo, pero también no hay mejor sensación que despertarse de una pesadilla (agitado y con miedo) y que te abracen, te sequen un poco las lágrimas y encontrarse con que está todo bien después del segundo beso de despedida de la noche.